Mujeres que nos dieron voz: de la poesía al voto…
Hubo mujeres que pensaron un mundo más justo cuando aún ni siquiera podían votar. Otras escribieron versos en barrios humildes y se colaron en las casas de medio país a través de la televisión. Y hubo, también, mujeres aquí mismo, en Estepona, que legaron su fortuna para que ninguna esteponera volviera a renunciar a estudiar por falta de dinero. Este Día de la Mujer miramos hacia algunas de ellas para recordar que nuestra voz viene de muy lejos, pero también de muy cerca.
María Zambrano: pensar la libertad
María Zambrano nació en 1904 en Vélez‑Málaga, en una familia de maestros que se movió entre Málaga, Madrid y Segovia, siempre vinculada a la educación y la cultura. En Madrid estudió Filosofía y fue alumna de Ortega y Gasset, Xavier Zubiri o Julián Besteiro, integrándose en los círculos intelectuales más inquietos de la época.
Durante la Segunda República fue profesora de Metafísica en la Universidad Central de Madrid y se implicó en la defensa del proyecto republicano, antes de verse obligada al exilio tras la Guerra Civil. Desde México, Cuba, Puerto Rico, Roma o Francia escribió gran parte de su obra, en la que mezcló pensamiento político, mística y memoria.
Su gran aportación fue la “razón poética”, una manera de conocer el mundo que no renuncia a la emoción ni a la experiencia, frente a una razón puramente abstracta. En Persona y democracia defendió una democracia centrada en la dignidad de la persona, y en textos como “Eloísa o la existencia de la mujer” reflexionó sobre la experiencia femenina cuando casi nadie lo hacía desde la filosofía. Zambrano encarna, así, a la mujer que pone palabras a una libertad que aún no era real para muchas otras.
Gloria Fuertes: la poesía como refugio y altavoz
Gloria Fuertes nació en 1917 en el barrio madrileño de Lavapiés, en una familia humilde donde el trabajo llegó pronto y el dinero nunca sobró. Escribía desde joven: publicó su primer poema con 14 años y su primer libro, Isla ignorada, apareció en 1950, ya con una voz propia y distinta.
Su imagen más famosa es la de la poeta de la infancia en televisión: sus apariciones en programas como Un globo, dos globos, tres globos o La cometa blanca marcaron a toda una generación de niños y niñas en los años setenta. Pero detrás de esa figura entrañable había una escritora vanguardista, pacifista y feminista, que llenó la poesía de humor, juegos de palabras y crítica social.
Gloria defendió el derecho de las mujeres a leer, escribir, trabajar y dedicarse a la poesía cuando el modelo dominante las quería en casa, calladas y obedientes. Muchos de sus poemas hablan de la desigualdad de género, la pobreza, la guerra y la soledad de quienes no encajan en el molde, con un lenguaje sencillo que cualquiera puede entender. La podemos recordar como la mujer que convirtió la poesía en refugio y altavoz a la vez.
Sufragistas y libertarias: abrir la urna y cambiar la vida
Mientras Zambrano daba clase en la universidad y Gloria empezaba a pulir sus versos, otra batalla se libraba en el Congreso: la del voto femenino. El movimiento sufragista llevaba décadas organizándose en Europa y América, y en España esas reivindicaciones se hicieron fuertes con la proclamación de la Segunda República en 1931.
En las Cortes de la época, la abogada y diputada Clara Campoamor fue la voz más firme a favor del sufragio femenino, frente a resistencias tanto de la derecha como de parte de la propia izquierda. El 1 de octubre de 1931, tras un debate intenso, el Congreso aprobó el derecho al voto de las mujeres, que se ejerció por primera vez en las elecciones de 1933, cuando cerca de siete millones de españolas acudieron a las urnas.
A menudo se mete en el mismo saco a todas las activistas de la época, pero conviene distinguir. Las sufragistas se organizaron específicamente para conquistar el voto, con campañas, manifiestos y presión institucional. Junto a ellas, las libertarias —vinculadas al movimiento obrero y al anarquismo— ampliaron el foco: reclamaban también educación, trabajo digno, libertad sexual y fin de la violencia machista, denunciando la doble opresión de clase y de género.
Podemos resumirlo así: las sufragistas abrieron la puerta de las urnas, y las libertarias intentaron cambiar lo que pasaba dentro y fuera de ellas, en la familia, en las fábricas y en los barrios. De ese cruce nace un feminismo que no se conforma con derechos en el papel, sino que quiere transformar la vida cotidiana.
María Nadal y Antonia Guerrero: una herencia para que las esteponeras estudien
Si en Madrid se debatía el voto y en las grandes ciudades se organizaban las sufragistas, en Estepona la semilla de otra revolución se estaba preparando en silencio: la de la educación de las mujeres sin recursos. En 1926, Antonia Guerrero, vecina de Estepona, dejó escrito en su testamento que no había podido estudiar una carrera y que ese había sido uno de los grandes dolores de su vida; por eso quería que ninguna otra mujer sufriera lo mismo.
A través de su sobrina y heredera María Nadal (María Catalina Nadal Guerrero), parte de ese patrimonio se destinó a crear fundaciones con un objetivo social y educativo entre Ontinyent y Estepona. Aquí, ese legado se concreta en la Fundación Cultural Antonia Guerrero Díaz, cuya finalidad es facilitar el acceso a estudios universitarios “especialmente a los habitantes de Estepona”, mediante becas, ayudas y premios.
Las bases de sus becas universitarias recogen que los destinatarios son habitantes de Estepona, con preferencia para las mujeres y para las disciplinas de Leyes y Letras, tal y como fijaban las disposiciones testamentarias originales. A lo largo de los años, la fundación ha concedido cientos de becas de matrícula, residencia, transporte y también ayudas para el estudio de idiomas, siempre con la idea de que el lugar donde naces o la renta de tu familia no te impidan estudiar.
En los últimos tiempos, la venta y gestión de los terrenos del legado ha abierto debates sobre cómo se concreta hoy ese sueño —si en forma de becas, de ciudad del conocimiento o de proyectos universitarios privados—, pero el mandato de origen es claro: el patrimonio de estas mujeres debía servir para educar a quienes menos recursos tenían, empezando por las esteponeras.
Cuando una joven de Estepona cruza la puerta de una facultad gracias a una beca de la Fundación Antonia Guerrero, no camina sola: detrás van Antonia, María Nadal y todas las que, desde su privilegio o desde su pobreza, entendieron que estudiar también es una forma de libertad.
Lo que celebramos el 8 de marzo
Hoy, María Zambrano sigue enseñándonos que la democracia no es solo un sistema, sino una forma de cuidar la dignidad de cada persona. Gloria Fuertes nos recuerda que la poesía puede ser un arma cargada de ternura contra la injusticia. Las sufragistas y libertarias que pelearon por el voto y por la vida nos muestran que los derechos no caen del cielo: se conquistan juntas y se defienden cada día.
Y aquí, en Estepona, nombres como Antonia Guerrero y María Nadal prueban que una herencia bien pensada puede abrir las puertas de la universidad a quienes nunca lo habrían tenido fácil. Este 8 de marzo, cuando una mujer mete su papeleta en una urna o firma su matrícula universitaria, no está sola: detrás de ese gesto hay toda una genealogía de rebeldes, algunas muy célebres… y otras, afortunadamente, de casa.

